Paisaje Cultural 8 Febrero, 2017

Un símbolo social del horror: el paisaje injusto

 

En una de esas discusiones que se vanalizan a modo de conversación entre amigos, conocidos y reconocidos, se abren temas referidos al patrimonio de un pueblo o grupo social que toca fondo, o como diríamos en términos coloquiales, toca llaga. Dejar de proteger una corrida de toros hoy en día no tendría mucho del porqué ser discutido. La sencilla razón estaría simplemente en reconocer que el sufrimiento de los bovinos no puede estar por encima de la designación como evento cultural, y más aún, sentirse dignificados y orgullosos por tales circunstancias. Sin embargo, la historia nos ha enseñado que estos temas tienen poco de lógica si pensamos acaso en la ley que instauró Adolf Hitler en el año 1933 a favor de eliminar la producción de hígado graso de patos y gansos (Sandis, 2014: 487)[1]. Ciertamente cuesta creer, acaso, que le importara más lo que podía sentir un animal al practicarle una alimentación forzada por sonda que la propia vida de aquellos que perecieron por hacerlos respirar fosgeno o ser tratados con sulfamidas en los campos de concentración. Al margen de ello, 80 años después seguimos insistiendo que el foie gras es patrimonio gastronómico porque según Bernard Bach, nos cuenta «una historia» (Kantt, 2013)[2].

El paisaje cultural, o, a secas, el paisaje, tiene también mucho de estas «historias» o contradicciones, mucho de estas situaciones donde poder generar discusiones sobre lo que se valora y por qué razones lo hacemos. Pero sobre todo, y llegando a un tema de interpretaciones, resultará de mayor impacto el cómo se le valora y cómo se entretejen las distintas lecturas generadas a partir de su registro, análisis y difusión. En este escenario, el cementerio municipal de Holtville tiene mucho qué decir y qué mostrarnos. Un espacio cargado del símbolo de la muerte, pero de una muerte que no tiene nada que ver con un proceso natural de deterioro o envejecimiento de la propia vida, sino más bien, unas totalmente injustificadas y que posibilitarían a mi modo de ver y entender el paisaje, dentro de un tema poco discutido por los especialistas del patrimonio: ¿qué conservamos y por qué lo hacemos?

De hecho, nadie se ha cuestionado hasta hoy si se desea o no intervenir el paisaje de la Villa Imperial donde se ubica Holtville en California, ni mucho menos declararlo patrimonio aunque «nos cuenten historias», sean éstas o no, claves para dignificarnos como sociedad o para aleccionar y condicionar nuestros comportamientos. Claro está, el territorio se encuentra en uso debido al milagro de la irrigación que desde hace aproximadamente cien años permite obtener grandes recursos económicos gracias a la producción agrícola, y desde donde deviene el famoso apelativo de «ensaladera de América». Sin embargo, es asimismo un espacio que alberga la impronta de los NN que atraviesan la frontera desde México hacia Estados Unidos para trabajar en aquellos campos en busca de mejores condiciones de vida. ¿Cómo enfrentarnos a una situación donde convergen el progreso y la vida con la miseria y la muerte? ¿Nos sentiríamos acaso más identificados con estas gentes si en las etiquetas del Trader Joe’s aparecieran autoadhesivos del cementerio municipal de Holtville? ¿Es un tema de desidia, ignorancia o deshumanización lo que observamos con aquellos cientos de miles de individuos que terminan en una fosa común o en cámaras frigoríficas para ser identificados a futuro?

El paisaje en esta zona árida de San Diego puede ser desolador, y de hecho lo es al observar minúsculas lápidas a causa de la inmigración ilegal. Pero al gobierno de los Estados Unidos le interesa más encontrar supermercados bien abastecidos o cientos de kilómetros de carreteras construidas a costa de unos 40 mil muertos registrados en las fronteras desde el año 2000[3]. El propio New York Times describe éste escenario cargado de salvajismo como «otro pequeño coste encubierto de la inmigración», aludiendo que son los propios norteamericanos quienes asumen el gasto por autopsias y entierros de los anónimos ilegales (LeDuff, 2004)[4].

La morfología del paisaje del cementerio de Holtville es así de injusto, una materialización de aquellos ideales de una ingente cantidad de individuos que anhelan obtener un mejor futuro, y que terminan «contribuyendo» en perfilar el territorio con aquellas sepulturas que no superan el tamaño de un ladrillo. Tal como sostiene Don Mitchell, es pues, un espacio ideológicamente representado, ya que en este caso se vive y se muere en el mismo paisaje (Mitchell, 2016)[5]. Por esta razón, acaso convenga cuestionar no sólo cómo romper éste vínculo cargado de «historias oscuras» sino, cómo gestionar estos espacios a futuro, difundiendo y haciendo didáctica para nuestros contemporáneos y tomando medidas inteligentes que eviten un número mayor de muertes tan innecesarias como la idea de continuar la construcción del muro que pretende dividir México y Estados Unidos desde el año 1993.


Imagen destacada: Detrás del sueño americano, recuperado de https://eileentruax.wordpress.com/reportajes/detras-del-sueno-americano/

[1] Sandis, C. (2014) Cultural heritage ethics: between theory and practice. Open Book Publishers, [versión Kindle].

[2] Kannt, N. (2013) El foie gras, un desafío para los paladares éticos. El País, recuperado de http://www.lanacion.com.ar/1649678-el-foie-gras-un-desafio-para-los-paladares-eticos

[3] Tourliere, M. (2014) Migración en México, “la más letal” en el mundo: OIM. Proceso, recuperado de http://hemeroteca.proceso.com.mx/?p=383405

[4] LeDuff, C. (2004) Just this side of the treacherous border, here lies Juan Doe. New York Times, recuperado de http://www.nytimes.com/2004/09/24/us/just-this-side-of-the-treacherous-border-here-lies-juan-doe.html?_r=0

[5] Mitchell, Don (2016) Muerte entre la abundancia: los paisajes como sistemas de reproducción social, En: La construcción social del paisaje, pp. 85-110. Madrid: Biblioteca Nueva.

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