Paisaje Cultural 30 Junio, 2017

La vida moderna y el origen del «paisaje» impresionista

He pasado ocho días en el pequeño pueblo de Chailly, cerca del bosque de Fontainebleau. Yo estaba con mi amigo Monet… Que es muy bueno en los paisajes. Me dio consejos que me ayudaron mucho

(Frédéric Bazille, carta para su madre, 1863).

 

 

Una vida corta no permitió catapultar a Frédéric Bazille como el precursor del «paisaje» impresionista. Su muerte, antes de los 30, supuso una pérdida que ha impactado negativamente en el desarrollo de la historia y la investigación en artes, pero sobre todo, en lo relativo al encuentro (y desencuentro) entre la vida moderna y la naturaleza.

Así, fueron alrededor de 10 años de producción constante recorriendo de norte a sur el país, yendo de Paris a Montpellier en busca del sol, el «paisaje» y la escena cotidiana: “el tema no es importante, siempre que lo que haya hecho sea interesante como pintura. Elegí la era moderna porque es la que mejor comprendo; la encuentro más viva que las personas que están vivas” (carta a Charles Gleyre, 1864).

 

El bosque de Fontainebleau, Bazille, 1865.

 

Bazille estuvo interesado en el registro de espacios abiertos a la luz del sol, incluyendo en sus composiciones la figura humana. Quiza sea éste uno de los aportes genuinos del artista, un tema que vincula el retrato y el «paisaje», y que resultó ser el desafío por excelencia de sus amigos Renoir, Monet y Morisot en Montpellier y Fontainebleau preferentemente. El grupo, donde también aparecen las figuras de Manet y Sisley se juntaban en el taller de Bazille, luego de las jornadas ocurridas al aire libre para dar las pinceladas finales a las obras.

 

El vestido rosa, Frédéric Bazille, 1864

 

Sin embargo, fue Aigues-Mortes el pretexto de la escena rural en la pintura de «paisaje» que propuso Bazille. Su relación de enclave protestante como tradición familiar no solo lo llevó a compenetrarse mejor con la historia de una religión declarada ilegal en 1685 por el rey Luis XIV, si no, además, por documentar —aunque esa no necesariamente haya sido su intención—, el valor asociativo y conmemorativo del baluarte que funcionó como prisión para los reformistas de lo que hoy configura la ruta de la lavanda europea.

 

Vista oeste del baluarte en Aigues-Mortes, Frédéric Bazille, 1867.

 

Hoy por hoy, el parámetro de comparación y referencia de los académicos en «paisaje» utilizan los registros de Bazille para gestionar y desarrollar la línea de tiempo en los territorios de los pueblos de La Provenza y Costa Azul como se pueden observar en los museos de sitio y centros de interpretación de las villas mediterráneas. Quiza, en estos tiempos, también se hace fuerte la idea de la representación pictórica como proceso de diálogo entre los individuos y el objeto observado en materia de didáctica patrimonial, y que en testimonio de Madame Grignan no pudo ser mejor experimentado a fines del XVII: “nuestras montañas son maravillosas en su exceso de horror; todos los días deseo tener un pintor para que represente la amplitud de todas estas espantosas bellezas” (carta a M. de Coulanges, 1695).

 

Sainte-Adresse, Claude Monet, 1867

Lavadoras en las orillas del Durance, Paul Guigou, 1866.

«Paisaje» en Chailly, Frédéric Bazille, 1865.

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